María Dalila Casanova Ferráez es una mujer originaria de Muna, Yucatán, que dedica gran parte de su tiempo a rescatar las puntadas de la Península. Pero no lo hace sola, la acompaña un grupo de mujeres que, con gran fervor, se esfuerzan por no dejar morir el bordado.
En entrevista para El Heraldo de México Yucatán, Dalila compartió de dónde surge su amor por el bordado, cómo fue que creó una comunidad de mujeres y, sobre todo, hizo énfasis en la importancia de no abandonar todo aquello que define a las y los yucatecos.
Ella es un símbolo de resistencia y esta es su historia.
Una amante de la enseñanza: ¿quién es Dalila?
María Dalila Casanova Ferráez es originaria de Muna, una villa ubicada a 64 kilómetros al sur de Mérida.
Por muchos años se dedicó a dar clases de inglés en su pueblo. Al jubilarse, comenzó a contar cuentos a niñas y niños de diferentes partes de Yucatán. Incluso, en la época de la pandemia de Covid-19 lo hacía por medio de videos en YouTube.
Cuando terminó el confinamiento, la contactó un grupo de personas que le ofrecieron dar clases diario a los niños de su comunidad. Sin pensarlo dos veces aceptó.
No obstante, además de la enseñanza, Dalila tiene otra pasión: el bordado.
El amor por el bordado
Llena de emoción, Dalila comparte que su amor por el bordado yucateco es herencia de una madrina.
También recuerda que cuando iba a la primaria había una maestra que les enseñaba. Aunque con el paso del tiempo perdió la práctica, con la llegada de la pandemia, el panorama cambió.
Primero comenzó a bordar libretas, luego siguió con cubrebocas e incluso saltó a las bolsas: “durante toda la pandemia yo me dediqué a costurar puro punto de cruz”.
Sin embargo, las puntadas se mezclaron con su gusto por la enseñanza y sin darse cuenta, Dalila formó una comunidad de bordadoras. ¿Cómo ocurrió?
Mujeres que bordan identidad
Dalila recuerda que mientras daba clases a las y los niños de su comunidad, las mamás de sus alumnos le pidieron que también les diera clases a ellas. Así fue.
En ese camino, personal de la Unesco se dio cuenta de la labor que la mujer estaba haciendo y la invitaron a ser parte de un grupo de mujeres bordadoras que salvaguardan el bordado mexicano.
Con esa idea en mente, Dalila comenzó a hacer el cambio y se dispuso a buscar mujeres que supieran hacer distintos tipos de puntadas. Ahora, todos los martes y viernes se reúnen y, con sus manos, no dejan morir la cultura yucateca.
Y es que cada una de ellas aporta su conocimiento a través de la puntada que mejor sabe. Por 15 días, todo el grupo la practican y posteriormente inician una nueva. Su intención es no dejar morir la tradición del bordado, pero también comenzar a vender sus obras.
Más que compañeras, son una familia
Aunque Dalila comparte que no han faltado los retos con su comunidad de bordadoras, en esta travesía se ha dado a la tarea de organizar dinámicas que las unen como grupo.
Replicando una práctica que hace su familia en Año Nuevo, Dalila pone en marcha juegos como el “robo de regalos” en el que, con base en la Lotería, las distintas integrantes pasan un buen momento mientras se llevan varios obsequios.
“Ese tipo de dinámicas nos ha ayudado a pues a consolidar ese el lo que es el grupo”.
El bordado como un legado histórico
Para Dalila Casanova, el bordado es el legado que dejaron sus antepasados yucatecos.
Aunque con tristeza recuerda que hubo un tiempo en el que lo prohibieron en las escuelas (junto con otros símbolos como el maya), con el paso de los años se dio cuenta de la importancia de rescatar su identidad.
“La importancia de todo esto es rescatar lo que teníamos antes y continuar, o sea, que nuestros hijos, nuestros nietos sepan que nosotros somos muy ricos en cuanto a nuestra identidad”.
Hoy, junto a otras mujeres, Dalila se ha atrevido a alzar la voz. Ella y su grupo son un signo de resistencia que desde sus trincheras están gritando que la identidad yucateca existe y no se debe perder.