Mireille Gómez llegó a Mérida cargada de sueños, con un hijo de 9 años y un estilo de vida que entonces era poco popular: Mireille era crudivegana.
Con formación en trofología, ciencia que estudia la nutrición, la selección, combinación y preparación de alimentos para optimizar la salud, no se arredró: conoció el mercado y los productos locales y comenzó la aventura.
Antes, Mireille trabajaba en una empresa trasnacional y comenzó, como por casualidad, con un emprendimiento: al tiempo que cuidaba la salud de Emi, su hijo, comenzó a trabajar en la nutrición de personas allegadas y fue extendiéndose.
“Emilunch”, recetas de almuerzos estudiantiles realmente sanos, y “By Mir”, recetas para adultos que quisieran cambiar su vida y su estilo de vida, acapararon su tiempo y sus esfuerzos. “Mi emprendimiento iba muy bien y tomé la decisión de renunciar a mi trabajo en la Ciudad de México”.
La perspectiva de un cambio generó en ella un duelo. “No me iba a sentir orgullosa, me iba a sentir triste por todo lo que iba a dejar, así que necesitaba cambiar de ambiente”.
Emiliano estaba pequeño, tenía 9 años, “y yo necesitaba una ciudad que me permitiera criarlo con atención y un buen nivel de vida”, así que “me enfoqué en la búsqueda” y Paul, su marido, le sugirió que conociera Mérida.
Allí empezó un viaje que no fue nada más físico: no sólo dejó su trabajo, se mudó de ciudad, llegó a una casa colonial desde una vivienda moderna y totalmente vertical en un condominio horizontal, y aprendió a convivir con una ciudad profundamente respetuosa de sus construcciones y totalmente carnívora.
Remodelar la casa
La casa que Mireille eligió está en el centro de Mérida, es una construcción colonial que fue propiedad de ciudadanos canadienses. Al mismo tiempo que remodelaba la vivenda, debía adaptar y modificar sus costumbres para generar un espacio seguro para su pequeña familia.
La casa “ya tenía una primera remodelación; los anteriores dueños trabajaron en una casa totalmente en ruinas. La fachada estaba bien, pero adentro, era casi terreno. Ellos hicieron la primera parte”, recuerda.
En Mérida, “el centro es muy cuidado; no puedes tocar la fachada”; las edificaciones se hacen “a varios metros de la fachada”. Los dueños anteriores respetaron el estilo de la casa, trabajaron con materiales locales y dejaron una casa muy linda”.
Para su negocio, el de las recetas saludables, Mireille necesitaba un espacio muy específico, por eso “hice modificaciones en la cocina, donde yo trabajaba”.
Además, construyó una casita aledaña, para visitas.
Y también eligió los pisos de pasta típicos de Izamal y Valladolid, cuya fabricación es completamente artesanal, que utiliza una prensa hidráulica, lo que resulta en baldosas de cemento pigmentado duraderas y con diseños únicos.
En las construcciones modernas ya no los usan, pero antes todas las casas los tenían”, por eso, “decidí rescatar los pisos, donde se pudo; volvimos a pulir lo que se pudo rescatar lo original”.
Mireille recuerda que cuando era niña, “iba con mi mamá al centro [de la Ciudad de México] y yo le decía que quería vivir en una casa colonial”, así que, “cuando se presentó la oportunidad, ni siquiera lo dudé”.
El menú vegano
Cuando recién llegó “en los menús de los restaurantes no había opciones para mí”, porque todo tenía productos de origen animal o definitivamente carnívoros.
Ante ese panorama, Mireille hizo lo que bien sabe: abrió sus propias opciones y, para empezar, adaptó su cocina como aula y formó un grupo para enseñarles a preparar recetas de su propio menú. Varias veces tuvo alumnos que aprendieron a conformar y preparar menús crudiveganos.
Actualmente, “las cosas han cambiado mucho. Hoy todos los restaurantes del centro tienen opciones para mí o ya me permiten pedir cosas muy específicas”, aunque, admite, “prefiero estar en casa y preparar aquí mis platillos”.
Y ese cambio es una de las cosas que hacen de Mérida un sitio excepcional, porque, dice Mireille, tiene una vocación de anfitrionazgo muy elevada. “No es raro que sea un punto turístico favorito”, remata.