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¿Qué pasó el fin de semana en Irán? Puntos clave para entender el conflicto

Para cerrar febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán; el despliegue militar dio pie a una serie de bombardeos aéreos que llenaron las imágenes de medios de comunicación. ¿Qué pasó el fin de semana en el Oriente Próximo? Aquí te contamos

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El conflicto armado en Oriente Próximo tiene varias aristas de las que hablamos a continuación.Créditos: Freepik

El fin de semana, Estados Unidos e Israel atacaron Irán. El despliegue militar estadounidense en Oriente Próximo durante las últimas semanas dio pie a una serie de bombardeos aéreos, el 28 de febrero, contra Teherán y al menos otras doce ciudades del país, donde la Media Luna Roja ya ha contado cerca de 200 muertos.

El líder supremo del país, Alí Jamenei; el ministro de Defensa y el comandante de la Guardia Revolucionaria se cuentan entre las víctimas mortales de los ataques.

Tanto Donald Trump como Benjamín Netanyahu han defendido la agresión aludiendo al riesgo existencial que supone la República Islámica para sus países, especialmente a través de su programa nuclear. Aunque las negociaciones seguían en curso, el presidente estadounidense ha repetido la misma fórmula que usó en Venezuela, lanzando una operación militar sin contar con la autorización del Congreso estadounidense y mientras su Administración mantenía reuniones diplomáticas con el régimen iraní.

La teocracia, que se encuentra en uno de sus momentos más débiles tras años de turbulencias económicas y las protestas ciudadanas de los últimos dos meses, ha respondido atacando territorio israelí y las bases norteamericanas de Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Arabia Saudí.

La Guardia Revolucionaría de Irán ha informado que toma medidas para cerrar el estrecho de Ormuz, la principal arteria petrolera del mundo. El conflicto, que se alargará durante días y que puede convertirse en una guerra prolongada y a gran escala, marca un punto de no retorno para Irán y Oriente Próximo, pero también para el sistema de Naciones Unidas: al igual que sucedió en Venezuela, la campaña de Trump y Netanyahu no ha contado con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU y viola y retuerce el derecho internacional, que solo considera una intervención militar en defensa propia.

Acabar con el régimen y provocar un cambio político en Irán

La amplitud de la operación y las declaraciones de Trump y Netanyahu señalan que el ataque no sólo es para limitar las capacidades nucleares y militares de la República Islámica y forzar un acuerdo con sus dirigentes. Ambos mandatarios tienen por objetivo desestabilizar primero y acabar después con el régimen de los ayatolás, una obsesión que ha construido gran parte de sus carreras políticas durante años. Por ello, parte de los bombardeos han sido contra los principales mandatarios del régimen iraní, incluido el ayatolá Jamenei, el ministro de Defensa Amir Nasirzadeh y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammed Pakpour.

Trump y Netanyahu —que este año enfrentan procesos electorales— han visto una oportunidad en la debilidad del régimen iraní, que las últimas semanas reprimió las protestas masivas en el país. Según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos, con sede en Estados Unidos, han sido asesinadas más de 7,000 personas.

Las manifestaciones han provocado una brecha insalvable entre el régimen y la población iraní, que lleva años sometida a la crisis económica, el empobrecimiento, la falta de libertades y la corrupción. A ello se suma el debilitamiento del Eje de la Resistencia, la red de alianzas que mantenía el régimen con distintas milicias en Oriente Próximo y que ha quedado mermada tras el enfrentamiento con Israel desde los atentados de Hamás en octubre de 2023.

Aun así, para Estados Unidos será más difícil imponerse en Irán de lo que fue en Venezuela. Por un lado, las exigencias estadounidenses apuntan directamente a las propias garantías de supervivencia del régimen, como el programa nuclear, por lo que es muy complicado que acepte doblegarse a las demandas. Por otro lado, Irán es el doble de grande y tiene tres veces más población que el país caribeño, además de contar con un régimen más cohesionado bajo el liderazgo del ayatolá Alí Jamenei y la Guardia Revolucionaria. Además de ser el brazo represor y protector del régimen, este cuerpo tiene influencia política, supervisa el programa nuclear y controla sectores económicos clave.

Con la muerte de Jamenei y algunos de los principales mandatarios, las opciones de supervivencia del régimen pasan por aguantar el shock del primer ataque y extender el temor a los costos e inestabilidad que puede generar un conflicto prolongado. La teocracia está diseñada para sobrevivir a la muerte del líder supremo, pero la presión bélica de Estados Unidos e Israel también podría hacer chocar a la Guardia Revolucionaria con los sectores políticos pragmáticos y el Ejército, que priorizan la estabilidad del Estado sobre la continuidad del régimen.

El descabezamiento de la teocracia no asegura una transición dócil y calmada. De hecho, la ausencia de una oposición organizada abre la posibilidad a un conflicto civil, al desgobierno y al caos interno.

Sin alternativa a la República Islámica

Pese al impacto del nuevo ataque estadounidense, ni siquiera la caída de la actual República Islámica llevaría a sus opositores al poder. Los principales grupos contrarios al régimen de los ayatolás están en el exilio y fragmentados, y no tienen estructuras dentro del país.

Por un lado está el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán. Heredero de los Muyahidines del Pueblo (MEK, por sus siglas en inglés), su pasado terrorista y desestabilizador ha pesado más que los intentos recientes por servir de plataforma internacional. Por otro lado está el príncipe heredero Reza Shah Pahlaví. Aunque intenta erigirse como un árbitro imparcial y ha ganado legitimidad en el creciente nacionalismo iraní alejado del islamismo revolucionario, existen dudas de su capacidad para articular una alternativa a la República Islámica que resulte gobernable.

Mientras, la oposición interna tiene dos frentes que no pueden cumplir sus objetivos. Uno es el de los reformistas o pragmáticos dentro del régimen, que incluyen al propio presidente Masoud Pezeshkian. Si bien estarían dispuestos a llevar a cabo algunas reformas aperturistas y a entenderse con Estados Unidos, están reprimidos por el ala dura y no tienen margen de maniobra para decidir el rumbo del país. El otro frente son las minorías étnicas: azeríes, árabes, kurdos y baluchíes, entre otras. Aunque suman casi el 40% de la población, sus aspiraciones autonomistas y separatistas chocan con el objetivo tanto de la República Islámica como de la oposición exiliada de mantener la integridad del territorio iraní. Finalmente, la juventud está cada vez más harta, pero también reprimida por la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij.

A ello se suma la idea de Trump de evitar un nuevo Irak para Estados Unidos. Sin una alternativa clara a la República Islámica, Washington no quiere desatar otro conflicto duradero en Oriente Próximo que dificulte su giro hacia América y para contener a China en Asia. El caso de Venezuela es un ejemplo de ese pragmatismo. Trump descartó imponer al ganador de las elecciones de 2024, Edmundo González, y a la líder opositora María Corina Machado, ambos en el exilio, ya que el régimen chavista controla el aparato estatal y represor. En cambio, optó por descabezar el régimen asegurando un continuismo favorable y, por ahora, estable.

En Irán, a los bombardeos les han seguido las declaraciones de Trump y Netanyahu pidiendo a la ciudadanía que se hagan con el poder, algo que choca con la idea de mantener un régimen dócil e inoperante, ya complicada de por sí.

El estrecho de Ormuz, una crisis energética en el horizonte

El estrecho de Ormuz, ubicado entre Irán y Omán, puerta de entrada al golfo Pérsico, es el principal cuello de botella de hidrocarburos del mundo, por donde pasa 20% del gas y el petróleo que se consume en el mundo y un tercio del petróleo que se comercializa por mar. Durante años, Irán ha amenazado con bloquearlo y ha llegado a limitarlo puntualmente, pero el cierre que ahora anuncia la Guardia Revolucionaria supondría un grave problema para la economía global, así como para las propias cuentas de Irán.

La República Islámica es el país con las terceras mayores reservas probadas del mundo y está entre los diez que más extraen. La sola amenaza estadounidense ha provocado inestabilidad en los precios del crudo, pero las agresiones del fin de semana y la posibilidad de un cambio de régimen abren la puerta a un escenario impredecible.

Estados Unidos se ha convertido en los últimos años en un exportador neto de petróleo, por lo que Trump tiene más margen de maniobra ante las inestabilidad que pueda llegar al sector.

Por otra parte, y de igual forma que sucedió con Venezuela, si Estados Unidos consigue hacerse con el control de esta ruta de suministro también podría bloquear el envío de petróleo sancionado a China, su gran rival geopolítico.

El 12% de las importaciones de crudo de Pekín el año pasado llegaron desde Irán, que tiene como destino principal de sus exportaciones de crudo al gigante asiático. Ese objetivo de Washington también formaba parte de la intervención en Venezuela, otro proveedor clave para China. Sumando el de Rusia, casi una cuarta parte del petróleo que importa Pekín está sujeto a sanciones, y el intervencionismo estadounidense también busca acabar con ese suministro que China consigue a través de una red opaca.

Hacia una nueva geopolítica en Oriente Próximo

La caída de la República Islámica o un debilitamiento irremontable abrirá una nueva etapa en Oriente Próximo. En primer lugar, supondría la victoria de Israel contra el Eje de la Resistencia. Es un cambio que se anuncia desde los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023: el Estado hebreo ha debilitado al grupo palestino en la Franja de Gaza y a Hezbolá en Líbano, y ha atacado a los hutíes en Yemen y a otros proxies en Irak y Siria. A ello se sumó la caída del régimen de Bashar al Asad en Siria en diciembre de 2024 y la guerra de junio de 2025 entre Israel e Irán, que Estados Unidos remató atacando las instalaciones nucleares iraníes. El Estado hebreo, a este paso, se consolidará como el policía de Washington en la región.

En segundo lugar, una derrota iraní —sin mayor inestabilidad— propiciaría un nuevo equilibrio en Oriente Próximo, encabezado por Israel, Arabia Saudí y Turquía. Israel vencería al enemigo que consideraba una amenaza existencial, Arabia Saudí se impondría a su rival en el mundo musulmán y Turquía extendería su influencia sobre Siria. Los tres son socios de Estados Unidos, mientras que Rusia tendría que mantener su presencia a través de Turquía, Siria e Irán, y China su rol de mediador, como hizo entre Irán y Arabia Saudí, para asegurarse el suministro energético.

Las otras monarquías del Golfo también pretenden ganar peso con inversiones multimillonarias en la reconstrucción de Gaza, Siria o Líbano.

Sin embargo, este nuevo contexto realzará las disputas por el liderazgo regional y otras rivalidades emergentes.

Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han sido aliados durante décadas, pero se están distanciando. Pasaron de sostener la coalición contra los hutíes en Yemen a dividirse entre esas facciones.

Abu Dabi se ha acercado a Israel, mientras que los atentados de Hamás y la respuesta israelí rompieron el acercamiento con Riad.

Arabia Saudí y Emiratos también están enfrentados al otro lado del mar Rojo, apoyando respectivamente a Somalia y Somalilandia, al Ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido en la guerra de Sudán, y en el Cuerno de África a Etiopía y Eritrea, donde puede estallar una nueva guerra.

La erosión del orden internacional

El segundo mandato de Trump se ha caracterizado por el cumplimiento de amenazas, incluso si la contraparte ha cedido a sus exigencias.

En Venezuela, tanto Maduro como Machado le ofrecieron el petróleo, y terminó capturando a Maduro, descartando a Machado y controlando el crudo.

Con Irán, la represión de las protestas y el desacuerdo ante las condiciones inaceptables para el régimen han servido para justificar el ataque.

Pareciere que negociar y desplegar fuerza son caminos complementarios de la Casa Blanca hacia sus objetivos: las amenazas sirven para ganar tiempo y se transforman en excusa para intervenir.

¿Qué sigue?

Las conversaciones del secretario de Estado, Marco Rubio, con el régimen cubano transcurren en paralelo al corte del suministro de petróleo para hacer colapsar tanto al aparato castrista como a la isla.

Trump y el vicepresidente J. D. Vance han seguido amenazando a Groenlandia y despreciando a Europa pese a los intentos del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, por apaciguar al presidente. Para Estados Unidos sería fácil hacerse con una isla poco protegida y poco poblada donde tiene presencia militar.

Las intervenciones de Estados Unidos ya no son las guerras de Vietnam, Afganistán o Irak, pero tampoco ataques selectivos de otras épocas para asegurar su dominio. La captura de Maduro, los bombardeos en Irán y las amenazas a sus aliados europeos también están acabando con su mermada legitimidad y con el orden internacional. Así, además, facilita a Rusia legitimar la invasión a Ucrania, a China presionar más a Taiwán y el mar de la China Meridional, y a Israel culminar el genocidio en Gaza y la anexión de Cisjordania.

Este camino está bordeado de aranceles globales, renuncia a organizaciones multilaterales y la creación de la Junta de Paz: una institución a medida de Trump para sustituir a la ONU, impulsar sus negocios y proyectarse como pacificador global.

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